Una dolarización espontánea es una rendición ordenada

Cuando una moneda pierde tres funciones a la vez —medir precios, pagar y guardar valor—, la gente no espera a que el Estado la reemplace. Empieza a usar la que tenga a mano. En Venezuela eso ocurrió en tres oleadas superpuestas: primero el dólar como refugio de ahorro, después como medio de pago de bienes durables y finalmente como unidad de cuenta para casi todo lo que supera el vuelto diario.

Nada de eso fue autorizado. Al contrario: el control de cambio que rigió desde 2003 hasta 2018 hacía ilegal la mayor parte de esas operaciones. La prohibición no impidió el fenómeno: lo único que consiguió fue que ocurriera sin contratos, sin registros y sin protección legal para cualquiera de las partes.

Las cuatro oleadas

  • 2019: el dólar entra al comercio formal. Después de dos años de hiperinflación, los comercios empiezan a aceptar billetes para no perder ventas. El efectivo vuelve a circular, pero en divisas.
  • 2020: el dólar entra al salario informal. Con el país en confinamiento y el bolívar perdiendo 99,9% en el año, quien podía cobraba en dólares. La economía informal se convierte en la más dolarizada.
  • 2021-2022: el dólar entra a los precios. Con la reconversión y el anclaje cambiario, los precios de referencia de muchos productos se fijan mentalmente en dólares y se convierten a bolívares el día del pago. El bolívar pasa a ser la unidad de conversión, no la unidad de valor.
  • 2023 en adelante: el dólar entra a la banca formal. Cuentas en divisas, tarjetas internacionales, pagos por punto de venta con cargo en dólares. La dolarización, que empezó siendo clandestina, termina siendo contabilidad.

Lo que la dolarización resolvió y lo que no

Es importante decirlo con precisión, porque suele mezclarse con nostalgia: la dolarización espontánea resolvió el problema de la hiperinflación para quien tenía acceso a divisas. Dejó de tener sentido apurar una compra hoy porque mañana todo costaría el doble. Los precios en dólares resultaron sorprendentemente estables, incluso cuando el bolívar seguía cayendo.

Lo que no resolvió es quién paga el ajuste. Una economía dolarizada traslada el costo de la inestabilidad monetaria a quien no puede generar ni recibir divisas: jubilados, empleados públicos, trabajadores formales con salario mínimo. El bolívar sigue siendo la moneda de los ingresos fijos, y por eso sigue siendo la moneda de la gente que pierde.

La dolarización de facto es una política pública llevada a cabo por la población, contra la política pública oficial y con sus propios medios.

El impuesto a la huida

En febrero de 2022 llegó el reconocimiento implícito: el IGTF, un 3% sobre cada pago hecho en divisas o criptomonedas. Si no se puede prohibir el uso del dólar, se le cobra peaje. Es una medida reveladora: un Estado que grava aquello que en teoría no debería existir.

A eso se suman las comisiones bancarias (0,8% en retiros de divisas para contribuyentes especiales y 0,25% en compras). El resultado es que usar la moneda que la gente prefiere tiene un costo deliberado de alrededor del 4%. Compárese con el costo de usar el bolívar: perder, en 2026, un 185% anual de poder de compra.

Se puede revertir una dolarización espontánea

Técnicamente sí, y hay ejemplos: se puede forzar la desdolarización por decreto, con controles, conversiones obligatorias y precios administrados. Todos los intentos conocidos terminaron con menos divisas circulando y con el mismo problema intacto. En Venezuela ya se probó esa vía entre 2003 y 2018: quince años de control y una brecha cambiaria que en 2016 fue del 32.000% y en 2017 superó el millón por ciento.

La alternativa es la única que no se ha intentado todavía: reconstruir la confianza en el bolívar haciendo que el bolívar merezca confianza. Eso significa dejar de financiar el déficit con emisión, dejar de administrar el precio de la divisa y aceptar que una moneda es un contrato con los ciudadanos que no se sostiene con publicidad oficial.

Mientras eso no ocurra, la dolarización no será reversible: será administrada. Y administrar una derrota es una forma lenta de confirmarla.